Entre nubes esculpidas en piedra, la dragona Celeste había amado a los humanos y compartido victorias, hasta invitar a sus aliados a custodiar a Raj y la última nidada. Al regresar encontró el salón teñido de escarlata, a su compañero decapitado y a los huevos hechos añicos por manos amigas. Encadenada, fingió rendición, se deslizó como un roedor y desató su furia. Lorrick cayó primero, luego el resto. Con el reloj del traidor como único recuerdo, Celeste dejó atrás la fortaleza y voló al norte helado con alas manchadas de rojo.