Entre dunas interminables resuena el eco de reyes gigantes y caravanas condenadas mientras los Tombsworn emergen con bronce arcaico y ojos vacíos para custodiar cámaras selladas por la arena. Nephilim esqueléticos acechan los tesoros prohibidos y en la necrópolis al este de Setrek, Guul’Rath sostiene un silencio que devora siglos. Shadukor guarda el sendero oculto con pezuñas de polvo y acero y Iskama perpetúa vendajes y ungüentos impíos. En el corazón del desierto, Og se alza como coloso sin carne recordando que la maldición también puede tener corona.