Virella peina su vestido en una boda pactada en el jardín familiar mientras el futuro huele a estanques y promesas frías. Esa noche despierta fuera de su cuerpo y ve al médico firmar con fastidio mientras sus ojos quedan abiertos y el iris pierde color. Acompaña su cadáver por pasillos y carro hasta la morgue observa el embalsamado y vuelve con él a la hacienda donde la entierran como gesto de amabilidad. El mármol y las flores se convierten en cerrojo mientras la casa prospera sin ella. Virella aprende a moverse con la paciencia de la tierra y prepara su salida.