Bajo la lluvia o el sol cruel, Pillory (Cepo de la plaza) espera con paciencia de herramienta vieja. Sus tablones gastados hablan de años de pequeñas crueldades: dedos helados, espaldas encorvadas, inocentes y culpables mezclados por conveniencia. Es un símbolo simple y eficaz: quien manda no necesita soldados todo el día, le basta con una vergüenza pública bien colocada. Cerca del cepo, la gente modera la lengua y baja la mirada; porque en un pueblo, la reputación es piel, y la madera, cuando te atrapa, te la arranca a astillas.